El Principito y sus estímulos improbables

“Todas las personas grandes han sidos niños antés. (Pero pocas lo recuerdan.)”

Antoine de Saint-Exupéry

Uno de mis libros favoritos es El Principito. También es el primer libro que leí en español. Yo me acuerdo claramente el día en que conseguí una copia. Era 2015, acababa de llegar en Quito, y me había asignado la tarea de conocer la ciudad a través de traversar todos los días las calles empinadas. Una vez tropezé con un puesto de libros, y allí estuvo. Yo lo compré de una vez, pensando solo en las ilustraciones sencillas y los personajes extravagantes: me pareció un libro perfecto para alguién que estaba intentando familiarizarse con una idioma extraña. Ahora creo que Quito era el lugar más apropriado de haberlo encontrado de nuevo. Quito, ubicado en la cinturón escombrosa de una planeta picado por meteoritos, una ciudad debajo de estrellas lejanas, sentado al lado de un volcán activo que arrojaba con frecuencia sus cenizas a sus faldas frondosas. Si, el lugar era apropriada. Solo faltó los baobabs, y la escala de la naturaleza: en la vida real nosotros no podíamos deshollinar nuestros volcanes, y uno se podía disfrutar la atardecer nada más que una vez por día.

Guagua Pichincha, el complejo volcánico ubicado al lado de Quito.

El Principito sigue siendo uno de mis cuentos favoritos. Lo curioso es que, con el paso de los años, se ha vuelto más realidad que ficción. Por ejemplo, la mera primera ilustración que se encuentra en el libro – la del elefante engullido por un serpiente – tiene raíz en un sitio muy cerca a donde vivo. Este sitio es el famoso Cerro de Oro, un centro volcánico chiquito que se encuentra en la orilla sur del magnífico Lago Atitlán.

Podemos decir con bastante certeza que el Cerro de Oro no contiene un elefante. Más adelante de esto, sin embargo, no podemos llegar: ambos la composición y el origen del cerro quedan misteriosos, y así permanecerán sin que la luz de investigaciones futuras los aclarará. Algunos dicen que el cerro está relacionado con el Peñon de Siquinalá, un otro cerro dorado cercano, que uno pasa en el camino de Mazatenango a Antigua. Algunos afirman que es un domo resurgente; otros dicen que no. Aún más personas hablan de los restos de una civilización antigua escondida en la cumbre del cerro. Muchos de estos cuentos no son mucho más improbable que encontrar un paquidermo dentro del edificio volcánico.

Sin embargo, el total de Guatemala y su riquesa no era suficiente para aplacar la apatencia que tenía el autor, Antoine de Saint-Exupéry. Viajaba a otros países buscando inspiración por sus cuentos mágicos. Se casó con una salvadoreña caprichosa, y en las páginas del Principito se percibe la influencia doble de la personalidad de esta mujer y de su tierra. Esta salvadoreña se llamó Consuela Suncín-Sandoval Zeceña, y hay bastante evidencia que la rosa caprichuda con que el Principito se enamoró era un retrato fidel de ella. Su país abarca el Parque Nacional Cerro Verde y los volcanes Izalco y Ilamatepec (también conocido como Santa Ana). Estes dos colosos, exóticos y surrealistos, se encuentra en miniatura en las dos capuchas de chimenea que el Principito tuvo que deshollinar todos los días dando mantenimiento a su hogar, el asteroide B-612.

¡No olvides deshollinar tus volcanes y excavar tus baobabs!

Tanto como en Guatemala, en El Salvador se desdibuja la frontera entre la realidad y la ficción. Los volcanes salvadoreños son extrafalarios. Desde el Cerro Verde mirando hacía el sur, puedes ver Izalco, rechoncho y feliz y adornado con escoria cómo un plato de platanos con mole y ajonjolís. Por doscientos años lanzó fuego sin cesar. Lo nombraron “El Faro del Pacífico” por su luz inapagable, una luz tan confiable que los marineros la usaban para navigar sus barcos. Y vino un día en que se paró. Un amigo me contó que la administración del parque tenía una idea brillante, de construir un hotel en un mirador del parque para aprovechar de la vista de Izalco y su incansable incandescencia … y la misma semana en que inauguraron el hotel, la rabia del volcán se detuvo. Dejó de dar luz y en su lugar se dió un velorio: se puso puro luto, con sus faldas vestidas en negro por los flujos de lava que descendieron de su cráter y sus flancos. La vecina de Izalco es Ilamatepec, también conocido como Santa Ana. Entre los volcanes del Parque Cerro Verde, este es lo que ha sido más fastidioso en años recientes. Supuestamente uno podía bajar hasta el parte más interior de sus tres cráteres concéntricos ante su erupción en octubre de 2005. Este rumor uno apenas lo cree en el día de hoy, cuando echa un vistazo para dentro: se ve un pozo hermoso y de una turquesa venonosa, exhalando gases vitriólicos como si estuviera un dragón esperando debajo el agua.

Estes lugares me ponen a pensar en los otros elementos fantásticos que aparecen en El Principito. ¿Hay un jardín con miles de rosas en una de las comunidades de la Ruta de Las Flores? ¿Los baobabs enormes son en realidad las ceibas que difunden sus ramas sobre el parque central de cada aldea rural? ¿Se puede apreciar una parte de la labor fútil del farolero en el trabajo del guardían del parquímetro en Santalú, cuya sola tarea es sacar la boleta de tu mano para entregarla a la máquina? Hay otras que piensan en estas cosas. De todas maneras, me hace muy feliz descubrir que la fantasía que inspiró mi libro favorito se encuentra vivo en 2022, en el ritmo y en el respiro de Centroamérica.

Fantasía en la vida real: Parque Nacional Cerro Verde, El Salvador.

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